-Pacho, contame alguna cosa que te haya pasado en un bus-

-A ver pues. Salí de mi casa en el centro, iba para el Parque del Poblado. Tomé un bus del Poblado, el 134 o un bus de Sabaneta, no recuerdo bien. Creo que sí era el de Sabaneta, porque suelen tener más flujo de trabajadores independientes que los del Poblado; porque, además, ellos paran en el paradero en el centro comercial San Diego, entonces ahí se suben cantantes, poetas, vendedores de chicles, vendedores de pomadas, de todo venden ahí. De esas cosas de la vida, que uno entra al bus y la primera persona que ve es un amigo, que iba también para el parque, a emborracharse. Me siento al lado de él y empezamos una conversación normal de dos personas que están en un bus.

Luego se sube un sujeto que al parecer era un gran artista de la poesía, y se echó cualquier carretezo, un culebrero más, un paisa, así como el que está hablando en este momento. El man se quedó al frente de las sillas de pasajeros del bus, cerca al conductor, echando su prosa, yo mientras tanto hablaba con el parcerito acerca de cine, música, cualquier güevonada. El asunto es que el man estaba muy verraco, porque mientras nosotros hablábamos, él echaba su prosa. El man estaba muy pendiente de quién le prestaba o no atención. Cuando terminó su acto echó la pulla, así como "bueno, muchas gracias a todos, blablabla… y esos dos que están por allá, esos dos que no quieren escuchar… o los que están muy ocupados para escuchar". La verdad es que yo me sentí muy aludido, muy molesto y le dije "entonces... te tengo que escuchar pues la poesía", ah no, ya ni mi acuerdo si fue que yo le respondí así primero o el man vino y me dijo algo, el asunto es que en algún momento yo le dije al man eso, "te tengo que escuchar tu poesía por que sí pues, ¿es mi obligación?", el marica como que "ahh y con esas rastas, qué pensaría Bob Marley si lo viera a usted con esas rastas, no se las merece"-, hay que aclarar que Pacho tiene unas rastas que cubren toda su espalda y como 10 años con ellas- y yo: “pero mariica”, y ahí me dio fue hasta risa y miré al parcerito como “¿sí escuchás a este loco lo que está diciendo pues?”. Yo subo acá a transportarme y tengo que escuchar a este marica porque sí. No, me emputé. No, el man seguía alegando. Que la gente que no tiene cultura, atacandome que porque yo era la persona más inculta, una bestia, porque no le quise escuchar sus poesías baratas en un bus.
No mereces tus rastas
A los buses que van por la calle 33 se montaba vendedor, es calvo, vendía bombombunes y habla boquineto. Un día lo vi, por la 33, cerca a la UPB, por Unicentro, conversando con otra vendedora totalmente normal. Yo pensé “vean a este pendejo”, me dio mucha rabia. Desde ese día me desilusionan mucho. Otra por este estilo, los que se montan a cantar, que ya ni los miro. Iba en el bus, y se montó un raperito, pero pensé yo “noo, qué buena onda, qué buena energía, entonces él rapeó”, y dije “está improvisando, súper teso”, rapeó como no sé qué, yo tenía un bolso toto, le recibo el bolso toto. Le rimaba súper bien. Yo tenía una moneda de mil y para que yo me desprenda de la moneda de mil; se la di. Por ahí a los 3 min se montó otro y cantó exactamente lo mismo, tienen libretos de canciones, entonces buscan las cosas más comunes, al de las gafas, la camisa de rayas, el bolso toto. Pero como que yo no había escuchado a este niño, y yo habiéndole entregado esos mil. ¿Aahh? Desde ese día me dan rabia.

También me da mucha rabia, los que llegan con esa actitud de que uno los tiene que escuchar, y al que está hablando por celular o con otro, lo miran mal. Me he vuelto súper intolerante. De vez en cuando se montan personajes que me convencen y le suelto la monedita.
Iba a cruzar la calle por una cebra peatonal después del semáforo del campestre para coger el bus, en la avenida del poblado con dirección al norte. Como es habitual para mí. El semáforo estaba en rojo, no venían carros, el bus estaba parqueado sobre la cebra y en la bahía de la entrada de una unidad residencial. Yo comencé a cruzar la calle. En vez de parar, el conductor arrancó sin escrúpulos y aceleró, aun cuando yo seguía cruzando la calle y no podía parar porque ya venían carros detrás. Por varias milésimas de segundo pensé seriamente que iba a morir. Así me ha pasado muchas veces en ese mismo punto, que es la opción cercana que tengo para coger el bus. Estaba vez vi ese monstruoso aparato encima de mí, a un metro de distancia o menos.

Me monté en ese bus y miré a los ojos al señor, y con el billete de dos mil en la mano y le dije "usted me tiró el bus encima y sólo por esto no le voy a pagar". El conductor me que miraba con risa burlona se puso serio, claro, como ya había plata en el asunto (también una vida pero eso no importaba), y ahí sí tuvo la habilidad y amabilidad de parar el bus. Me senté en una silla y discutimos por casi 15 minutos, yo con la ira encendida, hasta que una señora intervino, diciendo que en efecto él me había tirado el bus y yo tenía el derecho a pasar, y que lo mejor que podía hacer era aprender de la situación. Más allá de defender mis derechos, yo discutía porque soy una persona, una vida, con familia, amigos, proyectos. Ese día entendí lo complejo que es el tema de la violencia y la paz en el país, porque esta tan desvalorización de la vida que es normal esperar que los conductores te tiren los carros, buses y motos en las calles, es un tema cultural demasiado arraigado en nuestra experiencia cotidiana.

Santiago cogió un bus de la ruta Comercial Hotelera para ir hasta la Universidad Pontificia Bolivariana, donde estudiaba Publicidad. Había una pareja de señores adultos mayores en la parte de adelante del bus, no les prestó mucha atención. Cuando se fue a bajar, uno de los viejitos se acercó también a la puerta y empezó a actuar como si le estuviera pasando algo, como si se fuera a desmayar. Santiago se detuvo para ayudarle, y lo cogió del brazo. El señor rápidamente se recuperó y Santiago se bajó del bus. Cuando metió la mano en el bolsillo de su pantalón para buscar el carnet de la universidad, su billetera ya no estaba. Una semana antes a Santiago le habían advertido que había una banda de señores de edad que estaban atracando en los buses.
Yo recuerdo tomar el bus en el barrio La América hacia el centro, antes de que extendiera mi mano para pagar la tarifa, el conductor aceleró el bus en plena bajada de la 92 y fuí a dar a la parte de atrás con todo y maleta, me dí el revolcón del día y quedé con muy pocas ganas de ir a trabajar. Lo peor fué que al levantarme nadie me ofrecio, por lo menos, una sonrisa de burla. Entonces, muy digna yo, me levanté ocultando el dolor y me acerqué a pagar mi tarifa mientras me sacudía el pantalón.
Desilusiones
Atropello
Revolcón
Una banda de viejitos atracadores